Manus, una nueva #IA conversacional #china, ejecuta tareas complejas de forma independiente, obteniendo mejores resultados que los modelos dominantes y adelantándose a las peticiones de los usuarios en todo tipo de tareas, desde programar a escribir un informe.
https://manus.im/
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Manus is a general AI agent that turns your thoughts into actions. It excels at various tasks in work and life, getting everything done while you rest.
Cuando pruebas la nueva función «investigación en profundidad» con la que #ChatGPT pretende dar respuesta a la competencia china, te das cuenta de que el horizonte de la #IA conversacional es convertirse en una especie de «Ministerio de la Verdad» alimentado por una documentación exhaustiva con la mediocridad más apabullante.
¿La razón? Si investigas un hecho contemporáneo recurrirá a las administraciones involucradas, y si buscas entender la historia de una institución centenaria recurrirá exclusivamente a fuentes de esa propia institución y sus académicos de cabecera.
Seguramente es la obsesión anti «fake news» en la elección de fuentes la que ha escorado el sistema hacia la invisibilización de cualquier crítica o conflicto. Pero el resultado sólo puede ser contradictorio: imaginemos un mundo donde «la verdad» de uso cotidiano es esta grisura plúmbea de un autorelato institucional autosatisfecho a base de lapsos y cesuras.
Agreguémosle las noticias y artículos que hemos enlazado estos días sobre la sustitución de libros por resúmenes y presentaciones en la enseñanza secundaria e incluso la universitaria.
¿No es esa superposición de rebeldía -justificada- y ausencia de profundidad conceptual la que crea una audiencia para las fake news, la #superstición y la #conspiranoia?
Y por otro lado... ¿cómo puede construirse una crítica a lo existente, en cualquiera de sus dimensiones sociales cuando nadie tiene referentes más allá de elegir entre el delirio y la verdad más oficialista y acrítica? ¿Cómo se hace un discurso alternativo sin otro contexto que el institucional?
Tal vez fragmentando el discurso oficial en unidades de significado para recoserlas luego de manera alternativa con un significado social distinto o que al menos haga evidente lo ausente en el relato resultante de la identificación entre verdad y poder.
¿La razón? Si investigas un hecho contemporáneo recurrirá a las administraciones involucradas, y si buscas entender la historia de una institución centenaria recurrirá exclusivamente a fuentes de esa propia institución y sus académicos de cabecera.
Seguramente es la obsesión anti «fake news» en la elección de fuentes la que ha escorado el sistema hacia la invisibilización de cualquier crítica o conflicto. Pero el resultado sólo puede ser contradictorio: imaginemos un mundo donde «la verdad» de uso cotidiano es esta grisura plúmbea de un autorelato institucional autosatisfecho a base de lapsos y cesuras.
Agreguémosle las noticias y artículos que hemos enlazado estos días sobre la sustitución de libros por resúmenes y presentaciones en la enseñanza secundaria e incluso la universitaria.
¿No es esa superposición de rebeldía -justificada- y ausencia de profundidad conceptual la que crea una audiencia para las fake news, la #superstición y la #conspiranoia?
Y por otro lado... ¿cómo puede construirse una crítica a lo existente, en cualquiera de sus dimensiones sociales cuando nadie tiene referentes más allá de elegir entre el delirio y la verdad más oficialista y acrítica? ¿Cómo se hace un discurso alternativo sin otro contexto que el institucional?
Tal vez fragmentando el discurso oficial en unidades de significado para recoserlas luego de manera alternativa con un significado social distinto o que al menos haga evidente lo ausente en el relato resultante de la identificación entre verdad y poder.